La armadura de la luz by Ken Follett

La armadura de la luz by Ken Follett

autor:Ken Follett [Follett, Ken]
La lengua: spa
Format: epub, mobi
Tags: Novela, Histórico
editor: ePubLibre
publicado: 2023-09-26T00:00:00+00:00


* * *

—¿Los demás hombres también hacen esto? —le preguntó Arabella a Spade.

—No lo sé —contestó él.

Estaba peinándole el vello púbico.

—Nadie me ha visto… ahí —dijo ella.

—Ah, ¿no? Pero os las compusisteis para concebir a Elsie…

—A oscuras.

—¿Los obispos tienen que hacerlo a oscuras?

A Arabella se le escapó una risita.

—Es probable que sea obligatorio.

—Entonces soy el primer hombre que ve este precioso rojo dorado.

—Sí. ¡Ay! No tires.

—Disculpa. Mejor un beso. Ya está. Pero tengo que deshacer los enredos.

—No tienes que hacerlo, lo haces porque te gusta.

—¿Quieres que te haga la raya?

—Eso sería muy vulgar.

—Si tú lo dices. ¿Ves? Así está mucho mejor. —Se incorporó en la cama, a su lado—. Voy a quedarme este peine para siempre.

—¿No te da un poco de asco lo de ahí abajo?

—Al contrario.

—Me alegro. —Se quedó callada un momento, por lo que Spade supo que algo le rondaba por la cabeza—. Hum… Tengo que decirte… —Vaciló—. Anoche me acosté con él.

Spade enarcó las cejas.

—Había bebido mucho oporto y luego se había pasado al brandy. Tuve que ayudarlo a desvestirse. Luego prácticamente cayó en la cama y empezó a roncar. Y vi mi oportunidad.

—Te metiste en la cama con él.

—Sí.

—Y…

—Lo único que hizo en toda la noche fue tirarse pedos.

—Ah, qué asco.

—Se quedó muy sorprendido cuando me encontró en la cama con él al despertarse. Hacía años de la última vez que habíamos dormido juntos.

Spade estaba fascinado, pero no las tenía todas consigo. ¿Qué había hecho Arabella? Temía una escena entre el obispo y ella que lo estropeara todo.

—¿Qué dijo?

—Dijo: «¿Qué haces aquí?».

Spade se echó a reír.

—¡Cómo se le ocurre a un hombre preguntarle a su mujer qué hace en su cama! ¿Qué le contestaste?

—Le dije: «Anoche estuviste muy insistente». Intenté parecer, ya sabes, recatada.

—Me habría gustado verlo. No puedo imaginarlo.

—Oh, señor Shoveller, me ha hecho sonrojar —dijo Arabella, imitando muy bien a una jovencita tímida.

Spade rio entre dientes.

—Entonces quiso saber qué había ocurrido —prosiguió Arabella—. Dijo: «¿Yo, de verdad…?», y contesté que sí. Lo cual es mentira. Luego, para que pareciera más creíble, dije: «No mucho rato, pero lo suficiente».

—¿Te creyó?

—Eso pienso. Pareció muy sorprendido y luego dijo que le dolía la cabeza. Yo dije que no me extrañaba, después de pasarse al brandy con todo el oporto que ya había bebido.

—¿Qué hiciste?

—Me fui a mi habitación, llamé a la doncella y le dije que enviara al lacayo al dormitorio del obispo con una tetera bien grande.

—Así que ahora, cuando le digas que estás embarazada…

—Le recordaré esta noche.

—Solo lo hicisteis una vez.

—Todos los embarazos son el resultado de una sola vez en concreto.

—¿Se lo tragará?

—Eso pienso —repitió.



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